Este fin de semana he tenido la suerte de volver a ver a Bruno Mars en el Riyadh Air Metropolitano. De las cuatro veces que ha actuado en Madrid, he podido asistir a tres. Su capacidad para cantar, bailar, producir y tocar múltiples instrumentos convierte cada concierto en un espectáculo perfectamente ejecutado. Todo está medido al milímetro, excepto la accesibilidad.
Durante casi dos horas encadena canciones de The Romantic Tour con clásicos hasta terminar con Dance With Me, una invitación a que todo el estadio baile junto. Y ahí aparece la paradoja: no todo el mundo puede vivir esa fiesta en igualdad de condiciones.
Cuando la accesibilidad no forma parte del espectáculo
Pero no todas las personas podemos participar en esa fiesta en igualdad de condiciones. Mientras Bruno Mars demuestra sobre el escenario que domina la gran mayoría de estilos musicales, la organización de los grandes conciertos en España continúa sin tener en cuenta cómo garantizar la accesibilidad. Aquí empieza la paradoja de la accesibilidad: hay espacios r tecnología puntera como Navilens, pero la barra física me cubre por completo. El personal, a menos que les haga señales de humo, no me ve. Yo no alcanzo a coger mi comida. ¿De qué sirve digitalizar un espacio si el diseño arquitectónico básico te sigue invisibilizando? Pero las barreras de un concierto no son solo físicas; también son sensoriales. Eché en falta a una persona profesional que interpretara en lengua de signos, para personas sordas, como si la hubo en otros conciertos.
The Romantic Tour destaca por su juego de luces, fuegos y efectos. Esto no es nuevo; ya forma parte de todos los espectáculos. Yo no quiero que se eliminen sino que se regule porque el impacto que tienen sobre una persona con parálisis cerebral, como es mi caso, es abrumador.
Los bajos por encima del artista, como pasó aquí, cuando los graves están hiperamplificados y superan o tapan la voz, el sonido no solo se escucha, se siente en el cuerpo. Estas vibraciones de alta intensidad pueden sobreestimular el sistema nervioso, desencadenando espasmos musculares involuntarios y dolorosos.
El exceso y velocidad de luces: Los efectos estroboscópicos desmedidos no son solo estética. Pueden alterar el tono muscular, provocar rigidez y, lo más grave, representan un riesgo crítico de crisis fotosensibles para personas con comorbilidad de epilepsia.
Por último, la pirotecnia y explosiones: Los ruidos súbitos e impredecibles activan de golpe el reflejo de sobresalto. Esto causa una pérdida momentánea del control postural, además de generar un estado de alerta y ansiedad constante.
Yo pude ‘solucionarlo’ poniéndome mis cascos (por 1º vez en un concierto. Solo me los quité cuando cantaba a piano y voz) y me acordé de cómo se sentiría una persona con autismo. Salí del concierto con una sensación extraña: disfruté un 60 %, pero pasé el otro 40 % intentando controlar mi cuerpo por la tensión. Cuento esto no como una crítica destructiva, sino con el deseo de que si algún profesional del sector lee estas líneas, se anime a subir el porcentaje de disfrute y a reducir la tensión. Sé perfectamente que estas situaciones suelen ocurrir por puro desconocimiento de esta realidad. Y, por eso la escribo.
Cuando Bruno Mars canta Dance With Me y tiende su mano para compartir un último baile, todas las personas deberíamos poder aceptar esa invitación en igualdad de condiciones. Porque la accesibilidad no es solo poder entrar a un concierto, es la garantía para poder vivirlo, emocionarte y salir pensando únicamente en la música.
Ese debería ser el verdadero bis.
Pd. En mi instagram, he compartido mis momentos fav🤗
