Arde Bogotá ha conseguido volver a convertir la compra de una entrada en un acontecimiento. Para su gira Hervideros, las entradas no se pusieron a la venta en internet: había que acudir físicamente a la taquilla de cada sala. Dos entradas como máximo por persona, orden de llegada y ninguna reserva previa.
La propuesta tenía algo atractivo. Frente a las colas virtuales, las plataformas saturadas, los gastos de gestión y una reventa que demasiadas veces convierte conseguir una entrada en una carrera imposible, recuperar la taquilla podía parecer casi un acto de resistencia. Las imágenes de cientos de personas esperando ante las salas demostraron que también podía convertirse en una experiencia colectiva. Y los ocho conciertos terminaron con sold out.
Pero hay otra imagen que quizá hemos visto mucho menos: la de quienes ni siquiera podían plantearse hacer esa cola.
¿La acera permite desplazarse con una silla de ruedas? ¿Hay rebajes adecuados? ¿La entrada de la taquilla tiene escalones? ¿Existe espacio suficiente para maniobrar? ¿La ventanilla está a una altura accesible? ¿Me podré comunicar con el personal?¿La cola permite permanecer en ella con una silla de ruedas, un andador o unas muletas? ¿Hay algún lugar donde sentarse si una persona no puede permanecer de pie durante mucho tiempo?
Son cuestiones muy sencillas que rara vez aparecen cuando vemos una fotografía de una cola llena de seguidores.
Además, no todas las discapacidades ni todas las situaciones de movilidad reducida son iguales. Algunas personas pueden desplazarse, pero no permanecer varias horas de pie o sentadas en una misma postura. Algunas requieren asistencia personal, que no necesariamente está con ellas durante todo el día. Otras conviven con fatiga, dolor o necesidades concretas, como cambiar una bolsa de ostomía u orina o necesidad de sondarse. Todo ello puede hacer imposible saber con antelación cuánto tiempo podrán permanecer esperando. Sin olvidar a las personas sordas y la barrera comunicativa que supone un cristal, si no hay bucle o svisual.
Lo que para unas personas puede ser nostalgia, emoción o una tarde compartida con otros seguidores, para otras puede convertirse en una carrera de obstáculos antes incluso de saber si podrán asistir al concierto.
Tener entrada tampoco garantiza una ubicación para PMR
Hay otra pregunta que debería hacerse desde el mismo momento en que se anuncia un concierto: ¿el lugar de celebración dispone realmente de espacios adecuados para público con movilidad reducida?
Y no solo si existen. También cuántos.
Un recinto puede tener miles de entradas a la venta y un número muy reducido de plazas destinadas a personas con movilidad reducida. Formalmente existe una zona PMR, pero la posibilidad real de acceder al concierto puede ser mucho menor que para el resto del público.
Por eso no basta con preguntar si el espacio es accesible. También habría que conocer qué capacidad tiene esa zona, cómo se ha determinado y si guarda una relación razonable con el aforo general del concierto.
El problema afecta tanto a la venta presencial como a la online. Puedes llegar a una taquilla y descubrir que las plazas PMR ya se han agotado aunque todavía queden entradas generales. Y en internet puede suceder exactamente lo mismo: que sigan apareciendo cientos o miles de entradas disponibles mientras la opción PMR ya ha desaparecido.
Para quien necesita ese espacio aparece entonces un dilema que no debería producirse: comprar una entrada general y jugarse su seguridad o perder la oportunidad de asistir.
Y también existe una dimensión social. Una persona puede querer disfrutar del concierto con todo su grupo de amistades y no tener que elegir quién la acompaña en la zona PMR separada del resto.
Internet evita una de las principales barreras de la venta física: el desplazamiento
Para una persona con movilidad reducida, comprar desde casa puede ahorrar transporte publico adaptado, asistencia personal, desplazamientos, tiempos de espera y una planificación que el resto del público quizá ni siquiera necesita considerar.
Pero eso no significa que la venta online sea automáticamente accesible. Una web puede presentar barreras si no funciona correctamente con lectores de pantalla, no permite navegar mediante teclado, utiliza temporizadores demasiado breves, captchas inaccesibles, botones mal identificados o procesos de compra difíciles de entender.
También existen barreras mucho menos técnicas y, sin embargo, muy habituales. Una de ellas aparece incluso antes de la venta general: las preventas.
Muchas giras permiten acceder previamente a las entradas mediante preventas para fans, bancos, plataformas, operadoras o determinados registros. Sin embargo, no siempre existe simultáneamente una opción accesible para adquirir entradas PMR.
El resultado es paradójico: mientras una parte del público puede acceder a la preventa y escoger sus entradas antes de que empiece la venta general, una persona con movilidad reducida puede tener que esperar, llamar por teléfono —si existe esa posibilidad.

Me ocurrió precisamente al comprar entradas para Bruno Mars. Mientras existía una preventa online, las personas con movilidad reducida solo podían acceder a las localidades PMR durante la venta general y mediante un teléfono específico habilitado por Ticketmaster.
Ese teléfono o servicio especializado puede resolver parte del problema. Pero la accesibilidad no debería depender de que la persona usuaria tenga experiencia comprando entradas, conozca cómo funciona la industria musical o sea capaz de rastrear webs, teléfonos y contactos hasta encontrar quién puede resolver su situación.
En otras ocasiones el problema es todavía más básico: entras en la plataforma de venta y no existe ninguna categoría de entrada PMR ni una explicación suficientemente visible.
Entonces comienza otra búsqueda. Hay que localizar un teléfono, averiguar si la gestión depende de la ticketera, de la promotora o directamente del recinto, llamar, esperar respuesta y explicar qué entrada necesitas. A veces, incluso, hay que buscarse la vida para descubrir quién gestiona realmente esas localidades.
Eso también es una barrera.
Mientras tanto, cualquier otra persona entra en la web, selecciona su entrada, paga y termina la compra.
La información sobre entradas PMR debería estar exactamente dónde está la información sobre el resto de entradas: visible, comprensible y disponible desde el inicio de la venta.
Además, existe una cuestión de fondo. Una persona que compra una entrada general puede elegir entre distintos precios, zonas, gradas, pista, paquetes especiales o incluso diferentes fechas. Quien necesita una localidad PMR suele encontrarse con muchas menos opciones.
Quien necesita una localidad PMR suele encontrarse con muchas menos opciones: puede no tener margen para elegir ubicación, quedar fuera de determinadas preventas, desconocer cuántas plazas accesibles existen o encontrarse con que la compra ni siquiera puede completarse online. Por eso, hablar de accesibilidad en conciertos no consiste únicamente en habilitar una plataforma para “PMR”, sino en garantizar que todo el proceso de acceso a la entrada sea realmente equivalente.
En el caso de Hervideros, la propia información de Arde Bogotá indicaba que las salas tenían accesibilidad PMR. Sin embargo, para acceder a esas condiciones primero había que conseguir la entrada mediante la misma venta física que el resto del público y posteriormente indicar la condición de PMR.
Y ahí está precisamente la contradicción que merece la pena observar.
Podemos tener una sala accesible y, al mismo tiempo, un proceso de compra que no lo sea; disponer de una zona PMR cuyo número de localidades se agote mucho antes que las entradas generales; ofrecer venta digital y obligar, aun así, a quien necesita una localidad accesible a buscar un teléfono; o abrir una preventa para miles de personas dejando fuera precisamente a quienes necesitan un procedimiento específico. Al final, podemos pensar mucho en cómo entra una persona al recinto y olvidar todo lo que ha tenido que hacer para llegar hasta ese momento.
La accesibilidad no puede reducirse a una rampa, un ascensor o una plataforma elevada desde la que ver el concierto.
El proceso completo importa.
No se trata de pedir que desaparezcan las iniciativas diferentes. Tampoco de convertir cada decisión de un artista en una polémica sobre discapacidad. Arde Bogotá ha planteado una fórmula que busca recuperar algo que se estaba perdiendo y dificultar determinadas prácticas asociadas a la venta masiva y la reventa. Ese debate también es necesario.
Pero innovar —o recuperar fórmulas del pasado— debería obligarnos a preguntarnos quién puede participar en ellas y quién queda fuera.
Porque existen alternativas.
La venta en taquilla puede complementarse con atención por teléfono y WhatsApp para facilitar la compra a personas con discapacidad que no puedan desplazarse o tengan dificultades para comunicarse. Además, el personal debe estar formado para atenderlas adecuadamente.
No se trata de ofrecer ventajas ni de acceder antes que el resto. Se trata de que, sea presencial u online, exista la posibilidad de comprar una entrada en igualdad de oportunidades y con equidad.
