Hace unos meses hablaba con Alba Mesa, intérprete de lengua de signos especializada en música, sobre todo el trabajo que existe detrás de algo que el público ve durante apenas unos minutos sobre un escenario. Y ambas coincidimos en que la accesibilidad en un festival no empieza cuando una intérprete de lengua de signos sube al escenario y/o se instala una plataforma de PMR. Empieza mucho antes: en la planificación, en la coordinación con producción, en los ensayos, en las pruebas de sonido, en los espacios de trabajo y en la forma en que todo el equipo entiende que la accesibilidad forma parte del evento. No es un añadido para simplemente cumplir la norma.
En el Festival Noroeste Estrella Galicia 2026, Alba Mesa vivió esa realidad desde dentro. Su experiencia fue, en sus propias palabras, “brutal”. Pero también dejó aprendizajes importantes. Como intérprete de lengua de signos, fue una de las profesionales encargadas de acercar la música en directo al público sordo y, en su caso, de interpretar los conciertos de Sprints y Echo & The Bunnymen.
Interpretar una canción no es traducir palabras
A primera vista, podría parecer que la principal dificultad de interpretar dos bandas distintas reside en adaptarse a estilos musicales y escénicos diferentes. En este caso no fue exactamente así.
Mesa considera que Sprints y Echo & The Bunnymen tienen estilos con ciertos puntos en común, aunque algunas canciones de Sprints presentaban un ritmo más rápido. La mayor dificultad llegó durante la actuación de Echo & The Bunnymen: la improvisación sobre el escenario complicó el seguimiento de lo que estaba ocurriendo y, con ello, la interpretación en directo. Porque interpretar música en lengua de signos no consiste en trasladar mecánicamente una palabra detrás de otra.
Una canción puede contener metáforas, dobles sentidos, referencias culturales o expresiones cuyo significado necesita analizarse antes de decidir cómo llevarlo a una lengua visual. Y ahí entra en juego una profesional que para Mesa resulta imprescindible: la asesora sorda.
Las decisiones sobre cómo trasladar esos significados no recaen únicamente en la intérprete. Se trabajan conjuntamente con la asesora, que aporta la perspectiva de quien recibirá la interpretación: qué resulta comprensible visualmente, cómo puede expresarse una determinada idea y de qué manera trasladarla a la lengua natural de las personas sordas.
No se trata únicamente de entender qué dicen las letras. Hay que comprender qué quieren decir. Y después encontrar la manera de comunicarlo.
¿Cuánto tiempo hace falta para preparar un repertorio?
Mesa evita establecer una cifra exacta porque depende de las características de cada actuación, pero deja una idea clara: se necesita antelación. Mucha más de la que a veces tienen los equipos de interpretación. Incluso un mes puede quedarse corto dependiendo del repertorio.
Antes de subir al escenario, hay que investigar al grupo, escuchar las canciones, estudiar las letras, comprender de qué hablan, analizar los posibles significados y preparar su interpretación junto a la asesora sorda.
Para poder hacerlo correctamente, el equipo necesita contar, como mínimo, con el setlist definitivo, las letras, las versiones que se interpretarán y la información sobre posibles cambios. Y, si fuera posible, algo todavía mejor: contacto directo con los artistas.
Poder preguntar qué quieren expresar con una determinada letra o qué significado conceden a una canción puede marcar una diferencia importante cuando esa pieza tiene que interpretarse después en lengua de signos.
Además, tanto Sprints como Echo & The Bunnymen cantan en inglés. La dificultad se multiplica cuando se producen cambios de última hora. Incorporar una canción el mismo día del concierto no significa simplemente añadir unos minutos más a la actuación. Para una intérprete supone enfrentarse a una letra que quizá no ha podido estudiar, contextualizar ni trabajar previamente con la asesora.
En este sentido, Alba cuenta que su escenario ideal es que las intérpretes sean consideradas una parte más del equipo de la actuación y reciban la información y los cambios al mismo tiempo que el resto de profesionales implicados en la producción.
Una prueba de sonido también es accesibilidad
Siguiendo con la línea de ese escenario ideal, para una intérprete de lengua de signos participar en una prueba de sonido no solo permite comprobar cuestiones técnicas, como la escucha o el funcionamiento de la petaca. También ofrece la posibilidad de conocer de primera mano cómo se desarrollará la actuación, presentarse al equipo artístico y confirmar repertorios, posibles cambios o intervenciones que puedan producirse durante el concierto.
Son cuestiones que pueden parecer menores, pero que resultan especialmente útiles para quien debe interpretar en directo todo lo que sucede sobre el escenario. Contar con esa información previa aporta seguridad y facilita la preparación.
Porque, como bien lo resume Alba: “Al final, eres una profesional más en el escenario y estás formando parte de esa actuación musical”.
Y precisamente por eso es necesario formar parte también de los circuitos de información que hacen posible ese concierto.
Detrás de una intérprete hay un equipo
Sobre el escenario puede verse a una persona signando. Pero detrás hay muchas más. En esta edición del festival trabajaron cinco intérpretes, una de ellas una persona sorda que también ejercía como asesora. El equipo contaba además con otra asesora sorda que no actuaba sobre el escenario.
La coordinación era constante. Mientras una intérprete realizaba la actuación, otra profesional podía encargarse de pasar las letras que aparecían en pantalla. Otra permanecía pendiente para servir de apoyo si era necesario recordar algún signo. La asesora sorda también estaba disponible para resolver posibles dificultades durante la interpretación.
Alba destaca especialmente el trabajo de Gema, una de las intérpretes, que asumió buena parte de la coordinación: contacto con diferentes interlocutores, gestión de materiales, necesidades sobre el escenario y organización del propio equipo.
Pese al escaso margen de preparación, Mesa considera que consiguieron construir un grupo de trabajo que funcionó muy bien. Es otro de los aspectos que desaparecen cuando toda la atención se concentra únicamente en la persona que el público está viendo en ese momento. La accesibilidad también tiene equipos y necesita organización.
Cuando el espacio de trabajo también importa
La valoración de Alba Mesa sobre su experiencia en el Festival Noroeste Estrella Galicia es muy positiva y destaca especialmente el paso que supone incorporar interpretación en lengua de signos. Al mismo tiempo, considera que esta primera experiencia deja aprendizajes útiles de cara a futuras ediciones. El reto ahora es avanzar un paso más: pasar de tener accesibilidad a producir de manera accesible, teniendo en cuenta también los tiempos, la coordinación y las necesidades de los profesionales que la hacen posible.
El peligro de convertir la accesibilidad en espectáculo
En los últimos años, las imágenes de intérpretes de lengua de signos durante conciertos y festivales también han ganado espacio en las redes sociales. Algunas se viralizan porque sus movimientos, su expresividad y su capacidad para trasladar visualmente la energía de una actuación llaman la atención de quienes nunca han presenciado una interpretación musical en lengua de signos.
Para Alba, esa visibilidad puede ser positiva, aunque existe una línea muy fina. La viralidad puede ayudar a que más personas conozcan este trabajo y comprendan que existen otras formas de experimentar un concierto. Pero también puede tener el efecto contrario: convertir a la intérprete en protagonista de una imagen llamativa y desplazar del centro a quienes realmente dan sentido a ese servicio, las personas sordas.
Una intérprete no está sobre el escenario para protagonizar un vídeo bonito ni para aportar un elemento espectacular a la actuación. Está allí porque hay personas que necesitan la lengua de signos para acceder a las letras y al contenido del concierto. Detrás de esos segundos que funcionan bien en redes sociales hay horas de preparación, profesionales de la interpretación, asesoras sordas y un trabajo que solo tiene sentido si garantiza el acceso a la experiencia cultural. La visibilidad es útil cuando ayuda a comprender eso, no cuando convierte la accesibilidad en decoración.
Durante uno de aquellos conciertos ocurrió algo que resume muy bien el sentido de todo ese trabajo. Echo & The Bunnymen incorporó una canción que no figuraba en el setlist previsto. Alba no la tenía preparada y tuvo que resolver la interpretación en directo con sus propios recursos profesionales, intentando seguir la letra, la música y los instrumentos.
En un momento de la actuación miró hacia el público y vio a dos personas signando con ella, reproduciendo los signos que Alba iba realizando mientras seguían la canción. Recordarlo todavía le pone “el vello de punta”.
Cuando se le pregunta si hubo algún instante durante aquellos conciertos en el que pensara que todo el trabajo previo había merecido la pena, Alba hace primero una precisión: para ella merece la pena siempre. Pero escenas como aquella ayudan a entender para quién se realiza realmente todo ese trabajo. No para la fotografía del escenario ni para el vídeo viral, sino para las personas que están al otro lado y pueden acceder a algo que, sin esas profesionales y sin ese servicio, recibirían de otra manera o directamente no recibirían.
La industria necesita aprender a escuchar
¿Qué tendría que cambiar para que la accesibilidad dejara de incorporarse al final y pasara a formar parte de la producción desde el principio? Alba responde con una palabra: escuchar. Escuchar, en primer lugar, a las personas con discapacidad, porque son ellas quienes pueden explicar cuáles son sus necesidades y qué barreras encuentran cuando quieren disfrutar de un concierto, un festival o cualquier otro evento cultural.
También considera necesario revisar determinadas percepciones que todavía existen dentro de la industria musical. Entre ellas, la idea de que incorporar una intérprete al escenario puede restar protagonismo al artista. Sin embargo, el planteamiento cambia cuando se observa desde otro lugar: no se trata de competir por la atención, sino de garantizar el acceso.
Mesa propone además algo más estructural: que las personas con distintas discapacidades no estén únicamente entre el público al que se dirigen las medidas de accesibilidad, sino que formen parte de los propios equipos de la industria musical y participen también en la toma de decisiones. Su propuesta se resume en tres conceptos: escucha, conocimiento y visibilidad.
Pero, sobre todo, implica incorporar el punto de vista de las personas con discapacidad desde el momento en que empieza a diseñarse un evento. Y aquí hago un inciso para añadir también mi propia mirada. Como persona con movilidad reducida, no pude comprobar in situ las condiciones de accesibilidad física del festival en esta edición, por lo que prefiero no hacer una valoración sobre algo que no viví personalmente. Sí pude saber, a través de lo compartido en redes y de la propia experiencia de Alba, que existía una plataforma destinada a personas con movilidad reducida.
Me queda pendiente comprobar esa parte sobre el terreno, así que me lo anoto en la agenda: el próximo año espero poder estar allí con ella y contaros, también desde esa perspectiva, cómo se vive realmente la accesibilidad del Noroeste.
Porque quizá esa sea la diferencia entre entender la accesibilidad como un servicio añadido y entenderla como lo que realmente es: una garantía y un derecho que permite acceder, participar y formar parte de la cultura.
📸 Foto cedida por Alba (cc el festival)
