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Cuando el transporte público decide por ti

imagen de un taxi con un rampa desplegada

Hoy escribo este post aún con fustración. Esta experiencia me ha ocurrido en Las Palmas Gran Canaria, tras participar en el Gran Canaria Surf No Limits. No es una anécdota aislada. Es parte de una realidad cotidiana que muchas veces pasa desapercibida.

Cuando desplazarse no depende solo de ti

Ayer ,16, intenté organizar mi regreso a Valencia. Mi vuelo salía a las 8:25 h del día siguiente, así que necesitaba un taxi que me recogiera a las 6:15 h en el hotel. Utilizo una silla eléctrica plegable y, como en cualquier viaje, traté de anticiparme.

Contacté primero con una compañia. Expliqué mi necesidad y pregunté si disponían de taxi adaptado. Ante la posibilidad de que no lo hubiera, propuse una alternativa: un vehículo amplio donde pudiera viajar con la silla plegada. La respuesta fue que, al ser PMR, debía gestionar el traslado a través de otro compañía taxis. Así lo hice.

Llamo a la compañía indicada y me dicen que no realizaban reservas. Simplemente, registrarían la solicitud y comenzarían a buscar vehículo a partir de las 5:30 h del mismo día del viaje. Que me avisarían cuando hubiese disponibilidad.

La espera como sistema

A las 5:46 h, sin noticias, volví a llamar. Pues tenía que estar en el aeropuerto a las 6.40h. Me informaron de que solo disponían de un vehículo adaptado, que estaba en servicio, y que no podían garantizar su llegada a la hora acordada. Insistí en la necesidad de contar con una confirmación previa para poder organizarme.

Ante la falta de certezas, propuse de nuevo una alternativa: un coche grande donde cupiera mi silla eléctrica plegada. Estoy acostumbrada a adaptarme y a asumir esfuerzos si eso me permite seguir adelante. Mi silla, de hecho, cabe en fiat 500.

La respuesta fue clara: al tratarse de una silla eléctrica, solo podía utilizarse el taxi PMR y el conductor no tenía obligación de cargar ese peso en el maletero.

La autonomía puesta en pausa

A las 6:01 h me llamaron para comunicarme que seguían sin vehículo asignado ni estimación de llegada. Me preguntaron qué iba a hacer.

Decidí cancelar la solicitud y pedir ayuda a un amigo. Gracias a eso pude llegar al aeropuerto. Si no hubiese sido posible, las consecuencias habrían ido más allá del coste económico de un nuevo vuelo o una noche más de hotel. Habría supuesto reorganizar trabajo, tiempos y decisiones que no deberían depender de la disponibilidad puntual de un servicio público.

Lo que no se ve cuando todo funciona

A veces se olvida que, para muchas personas, el transporte público no es una opción más: es el único medio para desplazarse. No todas las personas pueden conducir. No todas cuentan siempre con alguien cerca que pueda ayudar.

Y, sin embargo, el sistema sigue funcionando desde una lógica en la que, mientras alguien pueda moverse sin obstáculos, lo demás queda fuera.

Para mí, esta experiencia vuelve a señalar algo esencial: la autonomía no debería ser una excepción ni una cuestión de suerte. No debería depender de favores, improvisaciones o esfuerzos individuales constantes.

Sino de una sociedad, Administración y normas acordes a la realidad en pro de la accesibilidad, eficientes y comprometidas con toda persona. No pensar en nº o porcentajes.

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